Luis Manuel Ferreras
Las redes sociales se han convertido en la vía más rápida para consumir contenido de todo tipo: noticias, educación, información y, sobre todo, entretenimiento. Su alcance global ha democratizado la producción de contenido al punto de que hoy cualquiera, con un teléfono móvil y conexión a internet, puede convertirse en creador. Esta apertura, que en principio representa una oportunidad, también ha desatado una peligrosa distorsión: la idea de que el éxito económico está al alcance inmediato de todos, sin preparación ni esfuerzo sostenido.
El problema no es que los jóvenes aspiren a triunfar en el mundo digital, sino la narrativa incompleta que consumen a diario. Ven a influencers que, aparentemente de la noche a la mañana, exhiben riqueza, viajes y una vida de lujo. Lo que no ven son los años de trabajo, las estrategias, los fracasos y, en muchos casos, la excepcionalidad de esos casos de éxito. Esta ilusión ha llevado a que cada vez más jóvenes abandonen las aulas para perseguir una fama que, estadísticamente, muy pocos alcanzan.
Es comprensible que un adolescente cuestione el valor de una carrera universitaria cuando observa que alguien puede generar ingresos con videos cortos, bailes o historias virales. Sin embargo, esta comparación parte de una premisa falsa: que el éxito digital es fácil, inmediato y replicable. No lo es. Por cada creador que logra monetizar de forma significativa, existen miles que quedan en el anonimato, sin ingresos y sin una formación que les permita reinsertarse en el mercado laboral tradicional.
Aquí es donde el Estado, las instituciones educativas y la sociedad en general deben asumir un rol activo. No se trata de desincentivar el uso de las redes sociales, sino de educar sobre su realidad. Es urgente impulsar campañas que expliquen cómo funciona la economía digital, cuáles son sus riesgos y qué habilidades son necesarias para destacar de forma sostenible. Además, se debe fomentar la preparación académica y técnica incluso para quienes decidan incursionar en este mundo.
Resulta difícil aceptar que figuras con escasa formación puedan alcanzar niveles de ingresos que nunca lograron referentes del pensamiento y la cultura como Yaqui Núñez del Risco, o que artistas sin conocimientos musicales superen económicamente a íconos como Wilfrido Vargas y Juan Luis Guerra. Pero más allá de la indignación, lo que debe preocupar es el mensaje que esto envía a las nuevas generaciones: que el conocimiento y la preparación han dejado de ser necesarios para triunfar.
La consecuencia de esta visión puede ser devastadora. Jóvenes que apuestan todo a una ilusión digital y fracasan, quedan expuestos a la frustración, la desesperanza y, en el peor de los casos, a caminos peligrosos como la delincuencia. Por eso, más que criticar el fenómeno, es momento de enfrentarlo con educación, orientación y responsabilidad. Las redes sociales no son el enemigo, pero la ignorancia sobre su funcionamiento sí puede serlo.
