La ONU: discursos de intereses de poder y negocios detrás del telón
Por Ariel Romero
Cada septiembre, el mundo dirige su mirada hacia Nueva York. Allí, en el imponente escenario de las Naciones Unidas, presidentes, primeros ministros y representantes de gobiernos suben al podio para hablar de paz, justicia, desarrollo, soberanía y un futuro mejor para la humanidad.
La Asamblea General de la ONU se convierte, durante varios días, en el gran teatro de la diplomacia mundial. Cada mandatario llega con un discurso cuidadosamente preparado, una agenda nacional que defender y una imagen internacional que proyectar. Pero entre las palabras pronunciadas y las decisiones que se toman fuera de las cámaras existe una distancia que merece nuestra atención.
¿Cuánto de lo que se dice en el salón de la Asamblea representa una verdadera voluntad de transformar el mundo y cuánto responde a los intereses estratégicos de cada nación?
Trump: el poder como argumento
El presidente estadounidense, Donald Trump, utilizó su intervención del 22 de septiembre para defender la política exterior de su administración, cuestionar el funcionamiento de organismos internacionales y destacar el poder económico, militar y tecnológico de Estados Unidos.
Su discurso incluyó advertencias contra Irán, posiciones sobre Ucrania, críticas a la Corte Penal Internacional y una defensa del liderazgo estadounidense en inteligencia artificial.
Trump representa una visión en la que la fuerza nacional, la soberanía y la capacidad de negociación constituyen herramientas fundamentales para alcanzar objetivos.
Sin embargo, detrás de ese lenguaje de firmeza también aparecen intereses concretos: seguridad energética, influencia geopolítica, tecnología, comercio y control de espacios estratégicos.
La pregunta no es únicamente qué propone Estados Unidos para el mundo, sino qué mundo resulta conveniente para los intereses estadounidenses.
Irán: soberanía en medio de la presión internacional
El presidente iraní, Masoud Pezeshkian, figura entre los líderes que intervienen en esta Asamblea General, en un contexto de fuertes tensiones con Estados Unidos y de presiones relacionadas con la guerra y las sanciones.
La posición iraní debe entenderse dentro de una disputa que no se limita a la seguridad militar. También involucra energía, rutas comerciales, influencia regional y el derecho de los Estados a defender sus intereses frente a las grandes potencias.
Cuando una nación habla de soberanía, otra puede interpretar ese mismo discurso como una amenaza.
Y cuando una potencia habla de seguridad, un país afectado puede preguntarse si detrás de esa seguridad existen también intereses económicos.
Ucrania: la paz como necesidad y como negociación
La presencia del presidente ucraniano, Volodímir Zelenskiy, vuelve a colocar la guerra con Rusia entre los asuntos centrales de la agenda internacional.
El conflicto no solo representa una tragedia humana. También ha alterado las relaciones de seguridad en Europa, los mercados energéticos y las prioridades estratégicas de numerosas naciones.
En cada llamado a la paz existe una urgencia legítima: detener el sufrimiento.
Pero también hay una realidad que no puede ignorarse: las guerras generan contratos militares, reconfiguran alianzas, movilizan recursos y transforman mercados.
Por eso, hablar de paz exige mirar más allá de los micrófonos y preguntar qué condiciones económicas y políticas dificultan que esa paz se concrete.
República Dominicana: desarrollo y posicionamiento internacional
La participación del presidente Luis Abinader también forma parte de la jornada de discursos del 23 de septiembre.
Para países como República Dominicana, estos escenarios representan una oportunidad para proyectar sus avances, defender sus intereses y fortalecer relaciones con socios internacionales.
Sin embargo, la diplomacia no debe medirse solamente por la elegancia de un discurso o la cantidad de reuniones bilaterales. También debe reflejarse en oportunidades comerciales, inversiones productivas, cooperación efectiva y mejores condiciones para la población.
La presencia internacional adquiere verdadero valor cuando se traduce en resultados nacionales.
El negocio que no aparece en el podio
Aquí encontramos el punto central de esta reflexión.
La ONU fue creada para promover la cooperación, la paz y la solución pacífica de los conflictos. Pero las naciones que participan en ella no dejan sus intereses económicos en la puerta.
Mientras se habla de cambio climático, se negocian energías y minerales estratégicos.
Mientras se defiende la paz, se discuten alianzas de seguridad y contratos de defensa.
Mientras se promueve el desarrollo, se compite por inversiones, mercados y acceso a recursos.
Esto no significa que toda negociación sea ilegítima ni que cada discurso esconda una conspiración.
Significa reconocer que la política internacional también es una disputa por influencia, recursos y oportunidades económicas.
Un reportaje publicado esta semana señaló que, además de los discursos, las delegaciones buscan reuniones bilaterales y captar la atención de Estados Unidos. La ONU registra cientos de solicitudes de encuentros diplomáticos durante esta semana de alto nivel.
Esas reuniones, muchas veces alejadas del espectáculo público, pueden ser tan importantes como las declaraciones pronunciadas ante las cámaras.
Desde la perspectiva de la fe, esta realidad invita a una reflexión profunda. Jesús preguntó:
“¿Qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?” —Marcos 8:36.
¿Qué aprovecha al mundo alcanzar grandes cifras económicas si millones de personas continúan viviendo en pobreza?
¿De qué sirve hablar de justicia mientras los más vulnerables permanecen excluidos de las decisiones que afectan su futuro?
¿Puede hablarse de paz cuando los intereses económicos pesan más que la dignidad humana?
La fe no exige ignorar la política internacional. Exige mirarla con discernimiento.
Porque no todo discurso de paz produce paz, ni toda promesa de desarrollo genera bienestar.
Escuchar las palabras, observar los hechos
La Asamblea General de las Naciones Unidas seguirá siendo un espacio indispensable para el diálogo entre las naciones.
Allí se expresan preocupaciones legítimas, se denuncian injusticias y se plantean propuestas necesarias.
Pero también es un escenario donde cada gobierno intenta defender su posición, fortalecer sus alianzas y ampliar su influencia.
Por eso, como ciudadanos, no debemos quedarnos únicamente con la emoción de los discursos.
Debemos escuchar las palabras, estudiar las decisiones y observar los resultados.
Porque detrás de cada bandera hay un pueblo que espera respuestas.
Y detrás de cada negociación internacional debería existir una responsabilidad: que el poder no termine sirviendo exclusivamente a quienes ya lo poseen, sino que contribuya a construir un mundo donde la paz, la justicia y el desarrollo tengan rostro humano.
Al final, la historia no recordará solamente lo que los presidentes dijeron en la ONU.
También juzgará lo que hicieron cuando abandonaron el podio.



