Bienvenido Ruiz
¿Qué tal?: Hoy amanece siendo un gran día para comenzar cualquier reto y comprender que el resto de nuestras vidas todavía está por escribirse. No demos nada por concluido mientras tengamos voluntad de aprender, capacidad de amar y disposición para servir. Recordemos que somos apenas un compartimiento en el gran panal de la vida, donde cada uno tiene una responsabilidad con los demás y con el conjunto.
Hay una instrucción que recibimos cada vez que viajamos en avión y que encierra una gran lección para la vida: en caso de emergencia, debemos colocarnos primero nuestra propia mascarilla de oxígeno y después ayudar a los niños y a las personas que lo necesiten.
¿Por qué? ¿Acaso se nos está enseñando a ser egoístas? Todo lo contrario. Se nos está recordando que, si perdemos nuestra capacidad de respirar, difícilmente podremos ayudar a otra persona a sobrevivir.
Para cuidar a los demás, primero debemos preservar nuestra propia integridad.
Este principio, tan sencillo en apariencia, también debería servirnos para comprender la responsabilidad que tenemos con nuestras familias y nuestras naciones.
El amor comienza por casa, pero no termina en ella
Amar al prójimo es un principio fundamental de la convivencia humana. Pero amar no significa abandonar lo que somos, renunciar a nuestras responsabilidades ni descuidar aquello que tenemos el deber de proteger.
¿Cómo podemos cuidar a nuestra familia si no somos capaces de proteger nuestro hogar? ¿Cómo podemos contribuir a la paz de otros pueblos si no preservamos la paz en el nuestro? ¿Cómo podemos ofrecer solidaridad si destruimos las condiciones que nos permiten practicarla?
El amor verdadero no exige que dejemos de querernos para demostrar que queremos a los demás. Nos invita a comprender que nuestra dignidad y la dignidad ajena merecen el mismo respeto.
Por eso, cuidar lo propio no debe confundirse con despreciar lo ajeno. El hogar no necesita odiar a los vecinos para conservar sus puertas, y una nación no necesita enemistarse con otros pueblos para ejercer el derecho y el deber de organizar su territorio, proteger a sus ciudadanos y preservar su identidad.
El amor que no sabe poner límites corre el riesgo de convertirse en una irresponsabilidad. Y la solidaridad que descuida a quienes tiene bajo su responsabilidad termina perdiendo su razón de ser.
Las naciones también necesitan su mascarilla
Los países tienen fronteras, leyes, instituciones, historia, cultura y una población a la que deben garantizar seguridad y convivencia. No son simples espacios geográficos disponibles para cualquier uso: son hogares colectivos construidos a través de generaciones.
Por eso, ninguna nación puede confundir la solidaridad con la renuncia a ejercer su autoridad sobre el territorio.
La inmigración puede aportar trabajo, conocimientos, diversidad y oportunidades. Quienes llegan buscando seguridad y una vida mejor merecen un trato digno, el respeto de sus derechos y la aplicación justa de las leyes. Pero estos deberes deben coexistir con el derecho de los países a regular sus fronteras, ordenar los flujos migratorios y asegurar que la integración sea compatible con la convivencia, las instituciones y la capacidad de sus servicios públicos.
Una frontera bajo control no es necesariamente una frontera cerrada al mundo. Es una frontera administrada con responsabilidad.
La hospitalidad tampoco significa que debamos aceptar cualquier situación sin evaluar sus consecuencias. Ayudar a quien llega no puede implicar desatender a quien ya vive dentro de casa.
Francia constituye un caso interesante para reflexionar sobre estos desafíos. Su historia republicana, su tradición de derechos humanos y su concepción de la integración han convivido con dificultades relacionadas con la inmigración, la discriminación, la segregación urbana, la identidad nacional y la seguridad, pero al parecer Francia no ha sabido gestionar los límites.
Atribuir todos sus problemas a la inmigración o afirmar que los inmigrantes disfrutan, en general, de privilegios que explican por sí solos la situación actual, no es todo lo real. Los problemas franceses tienen causas diversas: decisiones políticas, desigualdades sociales, dificultades de integración, tensiones culturales y debates sobre la aplicación de las leyes.
Sin embargo, también es legítimo preguntarse si determinadas políticas públicas han subestimado las dificultades de integrar a poblaciones numerosas y diversas, o si algunos dirigentes han preferido ofrecer discursos moralmente atractivos antes que afrontar con firmeza los problemas de convivencia.
Cuando las autoridades prometen derechos sin explicar con claridad las responsabilidades, cuando la integración se convierte en una consigna y no en una política efectiva, o cuando se evita discutir problemas reales por temor a ser señalado políticamente, la confianza ciudadana puede deteriorarse.
El populismo puede aprovechar ese deterioro, tanto para prometer una apertura sin suficientes garantías como para presentar a los inmigrantes como responsables de todos los males.
Para los dominicanos, esta reflexión tiene una importancia particular. Somos una nación con una historia, una identidad, una cultura y unas condiciones económicas e institucionales propias, que compartimos una isla con otra nación de cultura contrapuesta, por tanto, nuestra política migratoria debe responder a esa realidad y a nuestras obligaciones legales y humanitarias.
Debemos respetar a los inmigrantes sin ignorar las necesidades de nuestros ciudadanos, afectados por la pobreza y cantida de nuestros vecinos, hay que ofrecer ayuda humanitaria sin convertirla en una obligación ilimitada que el Estado no tenga capacidad de sostener.
La responsabilidad de un pueblo no consiste en demostrar que es más generoso que los demás, sino pedir a sus autoridades tomar decisiones que protejan la dignidad humana y el bienestar colectivo, incluso cuando esas decisiones no sean las más populares ni las más cómodas.
Una nación que no sabe cuidar su casa difícilmente podrá contribuir a cuidar la casa común de la humanidad.
En el plano familiar, el amor por nuestros hijos nos lleva a protegerlos. El amor por nuestros padres nos mueve a cuidarlos. El amor por nuestro hogar nos impulsa a mantenerlo. consecuentemente, el amor por nuestra nación debería llevarnos a preservar su paz, sus instituciones, sus recursos, su cultura y su capacidad de decidir su propio destino.
No hay contradicción entre amar a la humanidad y amar a nuestro pueblo. La contradicción aparece cuando, en nombre de una solidaridad mal entendida, olvidamos las responsabilidades concretas que tenemos con quienes dependen de nosotros.
Hoy, al comenzar un nuevo día, recordemos que cada persona es parte de un todo y que nuestro bienestar está relacionado con el de los demás. Pero ser parte de ese todo no significa perder nuestra identidad ni abandonar nuestro lugar en él.
Primero debemos aprender a cuidar lo que somos, lo que tenemos y a quienes tenemos bajo nuestra responsabilidad. No para cerrar el corazón al mundo, sino para mantenerlo fuerte y poder abrirlo con generosidad.
Amar al prójimo no exige dejar de amar lo propio.
Y una nación que protege responsablemente su casa está en mejores condiciones de tender la mano a quienes necesitan ayuda.
Cuidar lo nuestro es una responsabilidad. Respetar lo ajeno es un principio. Y saber armonizar ambas cosas es una verdadera expresión de amor.

