Por Bienvenido Ruiz
Lo primero que la gente espera de una Policía es que cumpla su función esencial: garantizar la seguridad ciudadana, preservar el orden público y prevenir los delitos.
Su misión es proteger la vida, el bienestar y los bienes de todos los ciudadanos; mantener la paz social para asegurar una convivencia tranquila; vigilar las calles y actuar antes de que ocurra un daño o una violación a la ley. Asimismo, en coordinación con el Ministerio Público, investigar los delitos ya cometidos, recopilar pruebas y seguir las pistas que permitan identificar y llevar ante la justicia a los responsables.
Sin embargo, cuando se habla de la llamada reforma policial, muchos ciudadanos no alcanzan a percibir la participación de especialistas en seguridad pública, criminología, investigación criminal, inteligencia, administración policial u otras áreas capaces de diseñar y proponer una transformación profunda de la institución.
Desde la perspectiva de la población, administrar mejor el presupuesto, renovar la flotilla vehicular, cambiar los uniformes o modernizar los edificios son medidas administrativas importantes, pero, por sí solas, no constituyen una verdadera reforma policial. Una auténtica reforma debe traducirse en un cuerpo de orden más profesional, eficiente, mejor preparado, más cercano a la ciudadanía y con mayor capacidad para prevenir y combatir la delincuencia.
En definitiva, la pregunta que muchos se hacen es sencilla: ¿estamos reformando la apariencia de la Policía Nacional o estamos transformando realmente su capacidad para cumplir la misión para la cual fue creada?
