Bienvenido Ruiz L.
Hay cambios profundos en la forma en que las sociedades construyen la autoridad y la legitimidad pública. Los líderes políticos contemporáneos tienen una gran responsabilidad en esta situación.
Antes, en la República Dominicana, figuras como Núñez Collado y López Rodríguez, junto con otros llamados “notables”, adquirían influencia por su trayectoria, prestigio profesional, autoridad moral o capacidad de diálogo. Cuando surgía un conflicto entre el Estado y distintos sectores sociales, podían servir como mediadores porque existía la percepción de que representaban intereses más amplios que los propios.
Hoy, la lógica de la comunicación ha cambiado. Las redes sociales han desplazado parte del poder de los intermediarios tradicionales. En lugar de que la influencia provenga principalmente de la experiencia o del reconocimiento institucional, con frecuencia proviene de la capacidad de atraer audiencias, generar conversación y captar atención. En ese contexto aparecen los influencers, cuya principal fortaleza es su alcance mediático.
Esto puede explicarse por varios factores:
La crisis de confianza en las instituciones tradicionales (partidos, iglesias, gremios y medios de comunicación).
El predominio de las redes sociales como principal espacio de formación de la opinión pública.
La llamada “economía de la atención”, donde la visibilidad suele ser más valiosa que la especialización.
La búsqueda, por parte de gobiernos, empresas y organizaciones, de canales que permitan llegar rápidamente a grandes audiencias.
Sin embargo, también es importante distinguir entre popularidad y competencia. Tener millones de seguidores no convierte automáticamente a una persona en experta en asuntos jurídicos, económicos, sanitarios o políticos. Del mismo modo, tampoco todos los influencers carecen de preparación: algunos sí desarrollan conocimientos sólidos en los temas que tratan.
El verdadero cambio, por tanto, no es simplemente el paso “de Núñez Collado y López Rodríguez a los influencers”, sino el tránsito de una sociedad donde la autoridad se fundamentaba principalmente en el prestigio institucional a otra donde la influencia suele medirse por la capacidad de captar la atención pública.
Ese cambio plantea una pregunta importante para cualquier democracia: ¿debe la representación de la opinión pública descansar en quienes poseen mayor experiencia y legitimidad social, o en quienes concentran la mayor audiencia? Esa tensión caracteriza buena parte de la política y la comunicación contemporáneas.
