Por Luis Manuel Ferreras
Hay escenas que duelen más allá de la tragedia misma, porque retratan en qué nos estamos convirtiendo. Lo ocurrido en Santiago de los Caballeros no es solo un hecho violento; es un espejo incómodo. Un simple roce entre vehículos —una unidad recolectora del ayuntamiento y una motocicleta— escaló a una persecución brutal, donde un grupo, como si hubiera perdido toda noción de límite, descargó su furia contra un hombre que terminó refugiándose, sin éxito, en una fiscalía. Pero lo verdaderamente perturbador vino después.
Mientras la vida de ese joven se escapaba, la escena no se llenó de auxilio, sino de cámaras. De teléfonos en alto. De voces que no pedían ayuda, sino declaraciones. Un “periodista” insistía en obtener su nombre, en reconstruir el suceso, en arrancar palabras a alguien que apenas podía sostenerse entre la vida y la muerte. Y alrededor, muchos más hacían lo mismo: grabar, narrar, subir, competir. Como si el dolor fuera contenido y la agonía, una primicia.
Aquí es donde debemos detenernos, porque no, no es exagerado decirlo: a ese joven no solo lo mataron sus agresores. También lo mató la indiferencia. La complicidad silenciosa —y grabada— de quienes eligieron observar en lugar de socorrer. El afán de ser los primeros, de ganar “views”, de viralizar lo que nunca debió convertirse en espectáculo. Hemos cruzado una línea peligrosa donde la humanidad queda en segundo plano frente a la inmediatez digital.
No se trata de demonizar la tecnología ni el ejercicio del periodismo, sino de recordar lo esencial: hay momentos en los que grabar es secundario, incluso inmoral. Momentos en los que lo correcto es ayudar, intervenir, llamar a emergencias, proteger la vida. Si seguimos normalizando este comportamiento, no solo estamos perdiendo la sensibilidad; estamos redefiniendo nuestra sociedad bajo códigos donde la tragedia ajena es moneda de cambio. Y eso, simplemente, no puede seguir así.
