LA GUERRA MÁS PELIGROSA ES LA QUE LLEVAS CONTRA TI MISMO

Por Bienvenido Ruiz

Hay guerras que se libran contra un enemigo visible y otras que comienzan dentro de nosotros mismos. Estas últimas pueden ser las más peligrosas, porque mientras el adversario externo intenta derrotarte, la contradicción interna puede conseguir algo mucho peor: hacerte perder el rumbo, la credibilidad y hasta las razones por las que comenzaste a luchar.

Quizás por eso resulta tan difícil encontrar en la mitología una imagen que alcance para describir los efectos devastadores de una guerra emprendida contra uno mismo. Cuando el enemigo está afuera, existe una frontera que delimita el campo de batalla. Pero cuando el enemigo está dentro, ¿dónde termina la batalla?

Entonces, la propia vida puede convertirse en el campo de guerra.

Algo parecido pudimos observar en la campaña del balotaje de 1996 en la República Dominicana. El llamado Frente Patriótico había unido políticamente al PLD de Leonel Fernández con el Partido Reformista. Sin embargo, durante aquella campaña ocurría una paradoja: jóvenes del PLD continuaban enfrentándose verbalmente con reformistas, como si todavía fueran adversarios, cuando ambos habían pasado a compartir un mismo propósito electoral.

Era una contradicción difícil de explicar. Sin embargo, ese «yoísmo» es un elemento constante en nuestra política.

El problema no era solamente político. Era psicológico y estratégico.

Una cosa es cambiar de alianza y otra, cambiar de enemigo. No comprender esa diferencia hace que la militancia continúe librando una guerra anterior mientras los dirigentes están librando otra.

Y ahí aparece una de las grandes enseñanzas de la estrategia militar.

Sun Tzu, en El arte de la guerra, concede un papel importante a la simulación, al engaño y a la capacidad de confundir al adversario. Pero existe una diferencia fundamental: el engaño es una estrategia frente al enemigo; convertirlo en una conducta permanente frente a los propios seguidores termina confundiendo al propio ejército.

Cuando el adversario eres tú mismo, la estrategia se vuelve una doble ilogicidad.

Porque puedes engañar al enemigo durante algún tiempo, mas difícilmente puedes engañar indefinidamente a quienes marchan contigo.

El militante observa.

La población observa.

Los adversarios observan.

Y, sobre todo, el tiempo observa.

Cuando el discurso dice una cosa y tus acciones, otra, los hechos terminan demostrando una tercera. Llega un momento en que hasta los propios seguidores dejan de saber qué deben defender.

La lucha del ejército es por un objetivo. Cuando no sabe exactamente por qué pelea, comienza a perder fuerza moral antes de llegar al campo de batalla. Ahí está el detalle.

Por eso, la guerra consigo mismo puede ser más destructiva que cualquier enfrentamiento externo.

Es la guerra entre lo que dices y lo que haces.

Entre lo que defendías ayer y lo que justificas hoy.

Entre el enemigo que señalabas y el aliado que ahora abrazas.

Entre la memoria de tus seguidores y el nuevo relato que pretendes imponerles.

Este cúmulo trae el mayor de los costos políticos: la pérdida de credibilidad.

Porque el ciudadano puede perdonar que un político cambie de posición; lo que difícilmente perdona es que pretenda convencerlo de que nunca cambió.

La política, como la vida, necesita capacidad de rectificación. Cambiar de estrategia no necesariamente es traición. Reconocer que las circunstancias cambiaron puede ser incluso una señal de inteligencia. Lo peligroso es pretender que los demás no tienen memoria.

La historia dominicana está llena de ejemplos donde amigos se convirtieron en feroces enemigos y adversarios terminaron compartiendo espacios de poder, alianzas o proyectos. Eso forma parte de la política. Pero cuando la militancia no entiende el cambio y continúa atacando al antiguo amigo convertido en enemigo, la organización comienza a librar dos guerras con doble estrés y simultáneamente: una contra quien está afuera y otra contra quienes están adentro. Ahí está el mismo infierno para quienes no lo conocían.

La forma más silenciosa de derrota es cuando la guerra es contra uno mismo, porque el adversario y el combatiente viven dentro de la misma persona.

Ningún país puede sostener indefinidamente semejante contradicción sin hundirse.

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