Bienvenido Ruiz
Hubo un tiempo en que la política se entendía como el arte de servir. No era perfecta, ni estaba libre de ambiciones o errores, pero existía la convicción de que gobernar significaba cargar sobre los hombros el destino de una nación y el bienestar de su gente.
Hoy, muchos dominicanos tienen la impresión de que algo esencial se ha ido perdiendo. Pareciera que, en demasiadas ocasiones, el debate político ya no gira alrededor de los problemas del pueblo, sino de cálculos electorales, disputas personales, intereses de grupos económicos y agendas alejadas del sentimiento nacional. Nuestros políticos, en vez de presentar propuestas, han convertido esto en un interminable “dime que te diré”, lleno de acusaciones donde el adversario termina siendo más importante que el ciudadano.
Es paradójico que, mientras el país se ahoga en problemas de educación, salud, empleo, seguridad, institucionalidad y oportunidades para los jóvenes, buena parte de la energía de los dirigentes parezca consumirse en luchas internas. Los partidos se dividen; compañeros se desacreditan públicamente; la lealtad cede ante la conveniencia del momento. El resultado es una ciudadanía cada vez más incrédula, cansada y sometida a un ambiente de tensión permanente, donde la confianza en las instituciones parece inexistente.
La historia enseña que las naciones prosperan cuando sus dirigentes consiguen colocar el interés común por encima de las diferencias. Balaguer, por ejemplo, en su discurso de toma de posesión de su primer gobierno, en el año 1966, habló de la esperanza que tenía la gente en la gestión y en los hombres que se instalaban en ese momento en el poder.
Construir la economía y fortalecer las instituciones de un país exige pactos nacionales, sin importar ideologías, antes que enfrentamientos interminables. En la historia dominicana, los momentos de mayor esperanza surgieron cuando prevaleció la idea de construir un proyecto de país, más allá de los intereses particulares.
La geopolítica contemporánea también deja una lección. En un mundo cada vez más interdependiente, donde confluyen intereses económicos, tecnológicos y estratégicos de grandes potencias, los Estados pequeños necesitan claridad sobre su identidad y sus prioridades. Relacionarse con el mundo es indispensable; sin embargo, renunciar a la capacidad de decidir en función del interés nacional puede resultar costoso. La apertura internacional no debería implicar el abandono de la cultura, la soberanía en las decisiones ni el compromiso con las necesidades concretas de la población.
Quizás el problema no sea únicamente de programas políticos o de modelos económicos. Tal vez sea, sobre todo, un problema de sensibilidad. Falta escuchar más y descalificar menos. Falta reconocer que detrás de cada estadística hay una familia; detrás de cada desempleado hay un padre o una madre; detrás de cada joven que emigra hay un sueño; y detrás de cada micrófono hay una voz que expresa lo que siente el país.
Gobernar no consiste solamente en administrar recursos, negociar acuerdos o ganar elecciones. Gobernar es comprender el dolor de la gente, compartir sus esperanzas y actuar con la convicción de que cada decisión debe acercar a la nación a un futuro mejor.
A la política dominicana, más que discursos, le hace falta corazón. Corazón para escuchar antes de hablar; corazón para unir antes que dividir; corazón para recordar que el poder es pasajero, pero la patria permanece.
Cuando los dirigentes vuelvan a mirar al pueblo antes que a sí mismos; cuando el interés nacional pese más que las rivalidades personales; cuando la identidad dominicana sea un punto de encuentro y no un recurso discursivo, entonces renacerá la confianza.
Porque los pueblos perdonan los errores, pero difícilmente perdonan la indiferencia.
Y una nación que pierde el corazón corre el riesgo de perder también el rumbo.
