Charlie Amarante, el merenguero que conquistaba sin necesidad de ser la figura principal

Charlie Amarante, el merenguero que conquistaba sin necesidad de ser la figura principal

Luis Manuel Ferreras

Entre congas, talento y una entrega admirable, el cantante de la orquesta de Luis Ovalles dejó una huella en quienes crecieron disfrutando el merengue de los años 80.

Santo Domingo. Hay recuerdos que permanecen intactos con el paso del tiempo, especialmente cuando están acompañados de música. Desde mi infancia he sido un apasionado del merengue, una época en la que la televisión dominicana desempeñaba un papel fundamental en la promoción de nuestras orquestas. Programas como El Show del Mediodía, Fiesta, de Tele Antillas, El Sabro Show y El Caribe Show eran ventanas privilegiadas para conocer, escuchar y seguir a los grupos que animaban la vida musical del país durante los años 80.

En medio de aquella competencia por conquistar la radio y la televisión, había una orquesta que siempre encontraba la manera de mantenerse en el escenario, aun cuando enfrentaba agrupaciones con mayores recursos económicos y más posibilidades de promoción. Se trataba de la orquesta del maestro Luis Ovalles, una propuesta que supo abrirse camino en un mercado musical exigente y lleno de figuras populares.

Dentro de aquella agrupación había un cantante que, aunque no figuraba entre mis favoritos de la época, siempre despertaba mi atención: Charlie Amarante. Su presencia tenía algo especial. Desde las congas, con un estilo sencillo y sin grandes ostentaciones, aportaba una energía que parecía sostener el espíritu de la orquesta. Su manera de cantar, su forma de bailar y su conexión con el espectáculo lo convertían en una figura digna de observar, incluso cuando otros compañeros acaparaban las miradas.

Pero había una cualidad de Charlie que me llamaba todavía más la atención: su disposición para asumir cualquier posición dentro del grupo. Cuando llegaba otra figura y su protagonismo quedaba relegado a un tercer plano, no parecía cambiar su actitud. Seguía entregándose con el mismo entusiasmo, como si el centro de atención continuara siendo suyo. Esa capacidad de respaldar a sus compañeros sin perder la alegría ni el compromiso con el espectáculo revelaba una lección de profesionalidad que iba más allá de los aplausos.

También recuerdo con admiración la manera en que se desenvolvía sobre el escenario. Aun con una condición motora que le dificultaba incorporarse a las coreografías preparadas por la orquesta, Charlie encontraba su propia forma de participar y transmitir entusiasmo. No necesitaba ejecutar los mismos movimientos que los demás para aportar al espectáculo. Su personalidad, su ritmo y su entrega hablaban por él.

Hoy, al mirar hacia aquella etapa dorada del merengue, pienso en Charlie Amarante como uno de esos artistas que merecen ser recordados no solamente por sus interpretaciones, sino también por su actitud ante el oficio. En una industria donde muchas veces el protagonismo se confunde con el valor artístico, su ejemplo me recuerda que una orquesta no se sostiene únicamente con su cantante principal: también necesita músicos y vocalistas capaces de aportar, respaldar y disfrutar el éxito colectivo.

Charlie Amarante quizá no siempre ocupaba el primer plano, pero sabía hacerse notar. Y para quienes crecimos frente al televisor, siguiendo las actuaciones de nuestras orquestas favoritas, su presencia forma parte de esos recuerdos que mantienen viva la memoria musical de una generación que encontró en el merengue mucho más que un ritmo: una parte esencial de su identidad.

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