Luis Manuel Ferreras
Santo Domingo. Hay una etapa obligatoria en la formación de todo cronista deportivo que no se aprende en las universidades ni en las salas de prensa. Es la más importante de todas: ser fanático. Antes de analizar estadísticas, cuestionar estrategias o entrevistar protagonistas, primero hay que sentir la pasión de pertenecer a una causa deportiva. Porque nadie puede contar la emoción de un juego si nunca ha vibrado por un equipo.
Por eso el sábado fue diferente. Desde muy temprano regresaron sensaciones que creía archivadas en algún rincón de la memoria. Nervios, ansiedad, ilusión y esa extraña incapacidad de concentrarse en cualquier otra cosa. Los Knicks de Nueva York, el equipo que acompañó mi infancia y buena parte de mi juventud desde finales de los años 80, estaban a una victoria de conquistar el campeonato y poner fin a una espera que parecía eterna.
Las horas fueron avanzando lentamente. Intenté mantener la calma, aunque el destino me jugó una mala pasada cuando descubrí que el servicio de televisión por cable no transmitía el partido. Para cualquier espectador habría sido una simple molestia. Para mí era una tragedia deportiva. Después de tantos años esperando ese momento, no estaba dispuesto a perderme el desenlace de una historia que había seguido durante décadas.
Entonces apareció la solución más simple y más humana. Llamé a mi amigo Tito Alcántara y le hice una petición desesperada: “Voy a hacerte una videollamada. Apunta el celular hacia el televisor y déjame ver el minuto final”. Tito aceptó sin pensarlo. A través de la pantalla de un teléfono pude observar los últimos segundos, suficientes para contemplar cómo se consumaba el sueño que había perseguido durante más de medio siglo de historia de la franquicia.
Cuando sonó la bocina final, desapareció el periodista y reapareció el niño. Hubo lágrimas, gritos y una felicidad imposible de describir con precisión. Después de tantos años de frustraciones, reconstrucciones fallidas y oportunidades perdidas, finalmente escuché las palabras que había esperado durante toda una vida de aficionado: “Los Knicks son campeones”.
Hoy, con las emociones más serenas, sigo disfrutando la magnitud del momento. Y aunque el tiempo me convirtió en cronista, por unas horas volví a ser aquel fanático que soñaba frente al televisor. Por eso solo queda agradecer. A Jalen Brunson, a Karl-Anthony Towns, a OG Anunoby y a todos los que hicieron posible esta conquista histórica. Gracias muchachos. Gracias por devolvernos la ilusión. Gracias por regalarnos una noche que jamás olvidaremos.
