Luis Manuel Ferreras
Hubo una época en la que escuchar radio en la República Dominicana era casi un ritual nacional. En las mañanas, el país despertaba al ritmo de El Gobierno de la Mañana, una propuesta que logró convertirse en referencia obligada del debate político y social. Al frente de esa maquinaria mediática estaba Álvaro Arvelo, un hombre de pensamiento profundo, aguda capacidad analítica y un dominio intelectual difícil de igualar. Sin embargo, incluso una figura de ese nivel terminó cediendo a las exigencias de una audiencia que parecía pedir cada vez más confrontación, más ruido y menos reflexión.
Alvarito nunca perdió su inteligencia, pero sí transformó la manera de comunicar. Bajó el tono académico, endureció el lenguaje y convirtió el conflicto en parte del espectáculo radial. Las discusiones subidas de tono, los choques con invitados y enfrentamientos con figuras como Hatuey De Camps pasaron a formar parte del atractivo del programa. Y aunque esa fórmula multiplicó la audiencia hasta convertir el espacio en un auténtico “toque de queda” matutino, también dejó una pregunta incómoda: ¿la comunicación dominicana comenzó a premiar más el escándalo que las ideas?
Fue precisamente en medio de ese ambiente cuando muchos oyentes comenzaron a buscar refugio en otras voces. Ahí apareció Jesús Nova, con un estilo completamente distinto. Su programa —que muchos recuerdan simplemente como El Programa de Jesús— transmitía serenidad, espiritualidad y respeto. Era una pausa en medio del ruido. Mientras otros apostaban por la confrontación, Nova parecía demostrar que todavía existía espacio para una comunicación limpia, educativa y profundamente humana. Para muchos, escuchar aquel espacio era un alivio.
Pero el tiempo también parece haber transformado a Nova. Hoy, la imagen que proyecta dista mucho de aquella figura pausada que conectaba desde la calma. Lo que antes era humildad, algunos ahora lo perciben como arrogancia; lo que antes transmitía cercanía, hoy parece reemplazado por prepotencia y confrontación. No se trata de desconocer su trayectoria, que es amplia y respetable, sino de observar cómo la dinámica mediática termina absorbiendo incluso a quienes parecían inmunes a ella.
Tal vez el problema no sea únicamente de los comunicadores, sino de una sociedad que ha ido premiando los excesos. La industria entiende que el conflicto genera audiencia, que la polémica viraliza y que el tono agresivo suele tener más impacto que la sensatez. En ese ecosistema, sostener una comunicación basada en el respeto termina siendo un acto de resistencia.
Por eso la pregunta sigue teniendo fuerza: ¿qué pasó con aquel Jesús Nova que hablaba con serenidad y hacía sentir que la radio todavía podía elevar el debate público? Quizás la respuesta no solo deba darla él, sino también una audiencia que durante años convirtió el escándalo en sinónimo de éxito.
