Luis Manuel Ferreras
Santo Domingo. Siempre he sentido una debilidad especial por el stand-up y por esas duplas que marcaron época en la comedia. Hace un tiempo armé un listado personal de mis comediantes favoritos; puede que con los años cambie el orden, pero hay nombres que jamás saldrán de ahí. Entre ellos, como una presencia obligatoria, están Gaspar Henaine (Capulina ) y Marco Antonio Campos (Viruta). Y si el corazón tiene que inclinarse por uno, siempre termina latiendo por Capulina.
Lo de Capulina no era solo hacer reír, era algo más profundo. Tenía una forma única de conectar con el público desde la inocencia, desde lo simple, desde una torpeza que nunca resultaba forzada. Junto a Viruta logró una química que parecía natural, casi mágica, aun cuando fuera de cámaras la historia contara otra versión. Pero en escena, eso no importaba: allí eran perfectos.
En los últimos días, un video que circula en redes ha vuelto a poner su nombre en conversación. En ese material Capulina aparece despidiéndose de su “alter ego”, agradeciendo los momentos compartidos como si hablara desde otro tiempo. No sabemos si es un registro real o una recreación nacida de la inteligencia artificial, pero lo cierto es que logra lo esencial: emocionar.
Y es que Capulina tenía eso. Su humor blanco no necesitaba exageraciones ni golpes bajos. Era cercano, honesto, profundamente humano. Incluso después de la ruptura con su compañero, supo mantenerse fiel a su esencia y seguir provocando sonrisas desde la sencillez.
Pero reducirlo solo a la risa sería injusto. Hay interpretaciones que revelan otra dimensión de su talento. En “Lo veo y no lo creo”, por ejemplo, nos mostró a un Capulina más vulnerable, más sensible, capaz de conmover sin perder su esencia. Por eso hoy, al recordarlo, no solo le agradezco las carcajadas que me regaló con su humor limpio y su carácter inocente, sino también las lágrimas que me arrancó en esa historia donde la ternura se impuso sobre la comedia.
Porque al final, los verdaderos grandes no solo hacen reír. También dejan huella. Y Capulina, con su humildad y su autenticidad, sigue vivo en ese lugar donde habitan las emociones que no se olvidan.
