Entre la fe y la política

Por: Ariel Romero

Independencia, poder y guerra:

¿Rendición de cuentas o discurso político?

Cada 27 de febrero celebramos la independencia proclamada en 1844 por Juan Pablo Duarte, Francisco del Rosario Sánchez y Matías Ramón Mella. Pero seamos honestos: ¿vivimos realmente el espíritu de esa independencia o la convertimos en un acto simbólico lleno de protocolo y aplausos políticos?

Ese día, el presidente de turno rinde cuentas ante la nación. La Constitución lo establece. Pero la pregunta es: ¿cómo las rinde?

¿Es un ejercicio real de transparencia o un escenario cuidadosamente construido para destacar logros y minimizar fracasos?

La independencia no fue un espectáculo; fue sacrificio. No fue marketing; fue riesgo de muerte. Duarte no luchó por discursos largos, sino por una nación con instituciones fuertes y líderes responsables. Cuando la rendición de cuentas se convierte en propaganda, traicionamos el espíritu de 1844.

Desde la fe, la rendición de cuentas no admite maquillaje. En la política, sí. Y ahí comienza el conflicto entre fe y poder.

Algo me dice que Luis Abinader, en esta pasada rendición de cuentas, no tuvo una visualización clara de que Estados Unidos e Israel tendrían ideas conspirativas contra Irán; por el discurso, queda muy claro que Luis Abinader no tenía idea sobre el movimiento geopolítico del momento.

No es fácil cuando se ponen palabras que no salen de ti y menos cuando no son propias: “La verdad no se incomoda, se defiende sola”.

Un brinquito fuera del patio.

EE. UU., Israel e Irán: el golfo al borde. ¡Job: me aconteció lo que me temía!

Mientras celebramos independencia, el Oriente se recalienta. Las tensiones entre Estados Unidos, Israel e Irán no son simples roces diplomáticos. Son advertencias.

En el sagrado libro (la Biblia), Ezequiel 38-39 habla de una gran guerra que tiene por nombre Gog y Magog. Esto parece el inicio de esta historia.

Estados Unidos protege su hegemonía.

Israel defiende su supervivencia estratégica.

Irán desafía el orden establecido en Medio Oriente.

Si el conflicto escala, no será una guerra romántica ni sentimental, ni ideológica; será económica, tecnológica y devastadoramente armamentista. Subirá el petróleo, caerán los mercados y las economías frágiles —como muchas en América Latina, como la de Rep. Dom., que solo creció un 2.3 % en el 2025— sentiremos el golpe. Esto será la mejor excusa para hacer cualquier acto de corrupción administrativa y negocio por debajo.

Y aquí viene la parte incómoda: las guerras modernas no siempre buscan justicia; buscan control. Control de rutas, energía, influencia y narrativa.

La fe habla de paz. La geopolítica habla de disuasión. La fe llama a la reconciliación. La geopolítica calcula daños colaterales.

Lo que no queremos decir:

El mundo vive una transición de poder. Y cuando las potencias se sienten amenazadas, reaccionan. No estamos viendo solo un conflicto regional; estamos viendo el reacomodo del tablero global.

¿Puede estallar una guerra directa? Sí.

¿Puede mantenerse en ataques indirectos? También.

¿Estamos preparados para el impacto económico si ocurre? Esa es la pregunta que ningún país pequeño quiere responder.

El deber ser:

Celebrar independencia sin exigir responsabilidad es hipocresía cívica.

Hablar de paz sin prepararnos para crisis globales es ingenuidad política.

Entre la fe y la política no debe haber divorcio. La fe debe incomodar al poder. Y el poder debe recordar que su autoridad es prestada, no eterna.

Porque al final, la historia no juzga discursos; juzga decisiones.

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