Santo Domingo. Este 12 de febrero la música en español amanece con resaca sentimental: Joaquín Sabina está de cumpleaños. El cantautor de Úbeda llega a los 77 años convertido en un raro caso de artista que no necesita lanzar disco para seguir siendo noticia. Basta mencionar su nombre para que medio continente recuerde un bar, una despedida o un amor imposible.
Sabina no es solo un cantante; es un personaje. Bombín ladeado, voz gastada como madera vieja y letras que parecen escritas en servilletas a las tres de la madrugada. Su carrera, construida entre excesos confesados y poesía urbana, lo llevó de cantar en pequeños bares londinenses durante el exilio a llenar estadios en Madrid, Buenos Aires o Santo Domingo. Cada concierto suyo siempre ha sido mitad recital y mitad conversación íntima con miles de desconocidos.
A diferencia de otras estrellas, el tiempo no lo ha vuelto distante sino más humano. Tras sustos de salud y largas pausas, el artista regresó a los escenarios con una calma distinta: menos noctámbulo, pero igual de lúcido. Hoy sus canciones sobreviven a generaciones; jóvenes que no habían nacido cuando escribió 19 días y 500 noches siguen dedicándola como si fuera un lanzamiento reciente.
Este cumpleaños no llega con grandes fiestas públicas ni extravagancias, pero sí con algo más valioso: vigencia. Porque Sabina pertenece a esa categoría de músicos que no envejecen, simplemente cambian de época junto a quienes lo escuchan. Y mientras exista alguien dispuesto a brindar por un amor perdido, habrá una canción suya esperando en la madrugada.
