Entre la fe y la política

Por Ariel Romero

Epifanía de un Estado de sombras

Hay momentos en la historia de una nación en los que el Estado deja de ser casa y comienza a parecer caverna. No por la ausencia total de luz, sino por la costumbre de vivir entre sombras. Sombras que no siempre se imponen por la fuerza, sino que se normalizan por el silencio, la conveniencia y la fe mal entendida.

Un Estado de sombras no es necesariamente una dictadura abierta. Es, muchas veces, una democracia cansada, donde las formas se conservan, pero el espíritu se ha agotado. Las leyes existen, pero no protegen. Las instituciones funcionan, pero no inspiran. La política habla, pero no dice la verdad. Y la fe, en lugar de incomodar al poder, aprende a convivir con él.

Aquí es donde la fe enfrenta su mayor prueba. No cuando es perseguida, sino cuando es invitada a callar. Cuando se le ofrece estabilidad a cambio de docilidad. Cuando se le pide que ore, pero que no opine; que consuele, pero que no confronte; que bendiga, pero que no denuncie.

La fe auténtica nunca fue amiga de las sombras. Los profetas no fueron diplomáticos del sistema; fueron la voz que rompía la penumbra. Jesús no negoció con la hipocresía institucional: la expuso. Por eso fue incómodo. Por eso fue rechazado. Porque la luz no se adapta a la oscuridad: la revela.

La política, por su parte, cuando pierde su sentido ético, se vuelve un ejercicio de administración del miedo. Miedo al cambio, miedo a perder privilegios, miedo a la verdad. Y un pueblo con miedo es fácil de gobernar, pero imposible de dignificar.

El problema no es solo el político corrupto, sino el ciudadano resignado. No es solo el líder religioso que guarda silencio, sino la comunidad de fe que aplaude su prudencia mientras el país se desangra lentamente. Las sombras crecen cuando la conciencia se encoge.

De cara a un Estado de solo sombras, la fe no puede ser neutral. La neutralidad, en tiempos de injusticia, es una forma elegante de complicidad. Creer no es huir de la realidad, es entrar en ella con responsabilidad moral. Y hacer política no es solo ocupar cargos; es decidir todos los días si se vive de rodillas ante el poder o de pie ante la verdad.

La pregunta no es si vienen tiempos oscuros. La pregunta es si habrá hombres y mujeres dispuestos a encender una lámpara, aunque eso los deje expuestos. Porque, al final, un solo acto de luz siempre es más peligroso para el sistema que mil discursos bien maquillados.

Y la fe, la política y el rap, cuando son verdaderos, nunca tienen miedo de eso.

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