Mi adiós a Demond Wilson y un recuerdo que nació frente al televisor

Luis Manuel Ferreras 

Santo Domingo. Me sorprendió este domingo enterarme del fallecimiento de Lamont. Así lo guarda mi memoria, no como un personaje, sino como una presencia familiar. Demond Wilson, el actor que le dio vida en Sanford and Son, se fue a los 79 años, y con él se movió un recuerdo que parecía intacto, esperando su turno para doler.

Sanford and Son, en la pantalla de Teleantillas, canal 2, fue parte de mi niñez. Era el escenario donde Lamont compartía escena con su padre, ese Fred Sanford exagerado, gruñón y entrañable, que siempre encontraba en la artritis la excusa perfecta para sus achaques y desplantes. Frente a él estaba Lamont: obediente, paciente, al límite muchas veces de perder la calma, pero siempre regresando al punto esencial, el del respeto y el cariño filial.

Demond Wilson supo interpretar como pocos esa delgada línea entre la ironía y el amor. Lamont no gritaba, no robaba protagonismo, no necesitaba exagerar. Bastaba una mirada, una pausa, un gesto de resignación para entender la dinámica de una relación padre-hijo tan caótica como real. Ahí radicaba su fuerza: en la humanidad silenciosa que sostenía cada episodio.

Para muchos, Sanford and Son fue solo una comedia; para otros, fue una ventana a la convivencia familiar, con defectos, risas y conflictos cotidianos. Wilson logró que Lamont fuera espejo de generaciones enteras que aprendieron que amar también implica aguantar, comprender y, a veces, reírse para no discutir.

Hoy, Demond Wilson se despide del mundo, pero Lamont permanece. Permanece en la memoria de quienes crecimos viéndolo en televisión abierta, en tardes sencillas, cuando los personajes se quedaban con uno para siempre. Hay actores que mueren; otros, como él, se convierten en recuerdo vivo. Y ese, quizá, es el homenaje más honesto que puede darle la farándula.

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