La Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), orgullo nacional y primera universidad del continente americano, vuelve a ser escenario de violencia, confusión y desorden, hechos que empañan su rol como centro de pensamiento crítico y formación de profesionales. Lo ocurrido este jueves en la sede central, donde se registraron disparos, heridos y un ambiente de pánico generalizado, refleja un deterioro institucional que trasciende el ámbito universitario.
El hecho de que la docencia y las labores administrativas hayan sido suspendidas tras los disturbios evidencia el nivel de gravedad de la situación. La universidad, que debería ser sinónimo de debate civilizado y libre pensamiento, se ha visto nuevamente atrapada por una dinámica de inseguridad y violencia que amenaza su esencia misma.
Los testimonios de estudiantes y las imágenes difundidas en redes sociales muestran escenas propias de un conflicto urbano: jóvenes corriendo, disparos, personas heridas y un clima de terror que no tiene cabida en un campus académico. Más preocupante aún, las autoridades han admitido que no hay claridad sobre el origen de los hechos, lo que deja a la opinión pública con más preguntas que respuestas.
La incertidumbre institucional es alarmante. No se trata solo de un incidente aislado, sino de un síntoma recurrente de la falta de control, de la debilidad de los mecanismos de seguridad interna y de la ausencia de disciplina en una universidad que sigue arrastrando vicios del pasado. La UASD parece vivir en una tensión permanente entre su misión académica y las pugnas políticas, sociales y personales que contaminan su ambiente.
Mientras tanto, la sociedad observa con preocupación cómo una de sus instituciones más emblemáticas se desangra, literal y simbólicamente. Cada hecho violento en la UASD es un golpe directo a la educación pública, a la esperanza de miles de estudiantes y al prestigio académico del país.
La comunidad universitaria necesita una reflexión profunda. No puede seguir siendo rehén de intereses ajenos a la enseñanza. El fuero universitario no puede convertirse en excusa para la impunidad ni en refugio para quienes siembran el caos. Es momento de recuperar la autoridad moral y el orden institucional, de devolverle a la UASD el respeto que merece como la cuna del pensamiento crítico dominicano.
Porque cuando la violencia penetra las aulas, la educación retrocede. Y cuando la universidad calla ante el desorden, toda la nación pierde.
