Luis Manuel Ferreras
Si se consulta en cualquier buscador digital cuál es el ritmo que identifica a la República Dominicana, la respuesta será inmediata y unánime: el merengue. Sin embargo, esa etiqueta de símbolo nacional contrasta con una cruda realidad: el merengue vive un largo proceso de invisibilidad en su propia tierra.
Desde hace más de dos décadas, este género ha perdido terreno en los medios tradicionales y digitales del país. Hoy, un joven dominicano menor de 20 años probablemente no conozca más allá de algunos nombres emblemáticos, sin haber tenido contacto directo con su música. Y no es culpa de la tecnología, ni de las nuevas corrientes musicales: gran parte de esta desconexión viene desde dentro del propio merengue.
Durante los años dorados del género, muchas de sus figuras principales abandonaron los espacios que les daban vida. Optaron por otros estilos, intentaron reinvenciones, dejaron atrás la guira y la tambora en busca de un estatus artístico que pocos —o ninguno— alcanzaron realmente. En ese proceso, descuidaron su base, sus plazas, su gente.
Hoy, en pleno 2025, pese a las adversidades, el merengue experimenta una chispa de resurgimiento. En escuelas y liceos, jóvenes forman bandas que interpretan con entusiasmo los clásicos del género. Pero esta iniciativa tropieza con un obstáculo inesperado: la negativa de muchos intérpretes y empresas a permitir el uso de esas canciones.
En lugar de ver en estos muchachos una oportunidad para revivir la música que los consagró, algunos artistas prefieren restringir su legado, cerrando la puerta al relevo generacional. Así, el merengue no muere por falta de talento o de público, sino por una actitud de egoísmo y celo artístico que impide que nuevas voces lo mantengan vivo.
El merengue está herido, no enterrado. Pero si sus figuras no bajan la guardia, no comparten su espacio y no entienden el valor de pasar la antorcha, el género que una vez unió al país podría desaparecer por decisión de quienes lo hicieron grande.
