Bienvenido Ruiz L.
En estos días de recogimiento, vale la pena preguntarnos: ¿por qué hemos aprendido a dividir tanto al ser humano? Lo fragmentamos en etiquetas —juventud, mujer, orientación sexual, ideologías y penosamente quién va a la justicia por corrupto y quien no; como si cada categoría fuera un mundo aparte, como si la identidad pudiera separarse en partes inconexas.
Quizás estas clasificaciones nacieron con una intención válida: visibilizar realidades, atender desigualdades, dar voz a quienes no la tenían. Sin embargo, cuando se absolutizan, corremos el riesgo de olvidar lo esencial: antes que todo eso, somos personas. Seres humanos con una dignidad común, con necesidades profundas que no entienden de etiquetas. Por tanto, como ante Dios, todos somos iguales.
La familia —en su sentido más fundamental, como espacio de cuidado, formación y pertenencia sigue siendo el primer lugar donde aprendemos a reconocernos como iguales en valor. Es ahí donde no somos categorías, sino hijos, padres, hermanos; donde el vínculo es más fuerte que cualquier diferencia, recordar que el gentilicio “Dominicanos” nos hace una sola familia ante el mundo.
Cuando las políticas sociales se construyen únicamente desde la fragmentación, pueden volverse estériles, porque atienden partes sin comprender el todo. Pero cuando se piensa en el ser humano de manera integral, fortaleciendo su núcleo esencial, la familia y la comunidad, se abre la posibilidad de una sociedad más cohesionada, más humana.
La Semana Santa nos recuerda precisamente eso: un mensaje de amor que no distingue etiquetas, de entrega que no selecciona destinatarios, de unidad que trasciende diferencias. Es una invitación a mirar al otro no desde la categoría que lo define, sino desde la humanidad que compartimos.
Tal vez el reto no sea dejar de reconocer nuestras diferencias, sino evitar que se conviertan en muros. Recordar que, al final, todos pertenecemos a una misma familia humana.
