Santo Domingo. Miles de cerezas se están pudriendo sin ser cosechadas en los huertos del productor agrícola Ian Chandler, en Oregon, por falta de trabajadores temporales. El agricultor estima que perderá entre US$ 250,000 y 300,000 en ingresos, tras no poder recolectar casi una cuarta parte de las 50 hectáreas de cerezos de su finca CE Farm Management, ubicada a 90 minutos de Portland.
Chandler lamentó que la ausencia de recolectores no se debió a condiciones climáticas ni a plagas, sino a la reducción drástica de mano de obra migrante. Muchos de sus trabajadores tradicionales, en su mayoría latinos, no llegaron este año por temor a las redadas y deportaciones ejecutadas por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), especialmente en el sur de California, donde vive la mayoría de ellos.
“Este invierno verán un montón de mapaches gordos y felices, porque nosotros no pudimos cosechar las frutas”, expresó con pesar el productor, mientras observaba los árboles aún cargados de cerezas marchitas y oscurecidas que ya no podrán ser vendidas ni procesadas.
Según el agricultor, la situación representa una doble pérdida: no solo para los productores que dejan de percibir ingresos, sino también para los trabajadores que, por miedo, perdieron la oportunidad de generar sustento para sus familias.
La historia de Chandler refleja una problemática nacional creciente en Estados Unidos: los efectos económicos directos de una política migratoria más estricta, que pone en riesgo no solo la agricultura, sino también la estabilidad alimentaria y laboral de sectores clave en el país.
