Entre la fe y la política

Por: Ariel Romero

El silencio también es una forma de complicidad

Hay un momento en que callar deja de ser prudencia y se convierte en traición.

Traición a la conciencia, a la fe que se profesa y al pueblo que se dice servir. En ese punto exacto se encuentran hoy la fe y la política: rodeadas de discursos bonitos, pero vacías de valentía.

Muchos políticos invocan a Dios cuando necesitan votos y lo olvidan cuando deben rendir cuentas. Y muchos creyentes oran con fervor, pero se niegan a incomodar al poder, como si la fe fuese un adorno espiritual y no una responsabilidad moral. Esa mezcla es peligrosa: produce devotos silenciosos y gobernantes sin temor ético.

La fe que no cuestiona al poder se convierte en religión domesticada. Y la política que no se deja interpelar por valores termina siendo un negocio bien organizado. No se trata de imponer dogmas, sino de exigir coherencia. No se trata de gobernar con la Biblia en la mano, sino con la conciencia despierta.

Hoy se normaliza la corrupción con excusas técnicas, se justifica la injusticia con lenguaje legal y se maquilla el abuso con propaganda. ¿Dónde está la fe cuando el pobre es ignorado? ¿Dónde está la política cuando el poder solo protege al poder?

Entre la fe y la política no debe haber alianzas oscuras ni silencios cómodos. Debe haber tensión. La tensión necesaria para recordar que el poder sin valores destruye y que la fe sin acción es una fe muerta.

No necesitamos más discursos que mencionen a Dios; necesitamos decisiones que honren la dignidad humana. Porque, al final, no seremos juzgados por lo que creímos decir, sino por lo que permitimos que ocurriera mientras mirábamos hacia otro lado.

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