Por Luis Manuel Ferreras
Santo Domingo. A mediados de los años 90, los centros nocturnos de diversión en la avenida San Vicente de Paúl comenzaron a experimentar cambios. Las grandes discotecas, como Las Vegas, Candy Disco, La Torre y Fuego Fuego, dieron paso a negocios más modestos, con menos restricciones para los parroquianos, pero donde la alegría y el buen ambiente se mantenían. Entre estos nuevos espacios destacaban El Águila, Barroco, Topacio, Ambis y Plaza Bikini.
Fue en este último, alrededor del año 1996, cuando comencé a notar a un joven con un talento excepcional para el baile de la salsa. Aunque para los expertos aún necesitaba mejorar su técnica y su indumentaria, su pasión era evidente.
Veniamos de una era donde los concursos de baile dominaban la televisión, con programas icónicos como El Calientísimo del 9, 7×7 Roberto (luego 9×9) y figuras emblemáticas como Luis “Jalarrayo”, El Prodigio y Papito La Salsa. En este entorno competitivo, aquel muchacho, conocido como Guinguiliano, se abrió camino. A pesar de las críticas a su estilo y vestimenta, y de ser apartado en más de una ocasión de los grupos de su entorno, nunca perdió su actitud resiliente. Enfrentó los comentarios negativos y perfeccionó su baile hasta ser requerido en los principales centros de diversión.
Años después, en el Colmado Vivencias de mi amigo y hermano Vitico Matos, presencié una competencia de baile. Cuando llegó el turno de Guingi, noté que necesitaba ayuda para llegar a la pista. Al preguntar, alguien me respondió: “Es el turno del ciego“. Con escepticismo, escuché esas palabras, hasta que me confirmaron: “Sí, perdió la vista, alguien le disparó en la cara”.
Hoy, las redes sociales traen la noticia de la muerte de Dioberto Melenciano, su nombre de pila. A pesar de que no está en el plano terrenal para recibir las muestras de cariño y respeto, estoy seguro de que, donde quiera que esté, sentirá que valió la pena no dejarse vencer por los sin talento y que logró hacerse un nombre con su capacidad de mover su cuerpo magistralmente al ritmo de la salsa.
Descansa en paz, Guinguiliano. Tu legado vivirá para siempre.
