Luis Manuel Ferreras
Hubo un tiempo en que poseer un vehículo era casi un privilegio. En los barrios, apenas unos pocos contaban con una motocicleta o una camioneta que, más que un lujo, era una herramienta de trabajo y sustento. Esa realidad hacía que las calles lucieran despejadas y que el respeto por el espacio ajeno fuera una norma no escrita: quien se estacionaba frente a una vivienda debía pedir permiso o, ante un reclamo, retirarse sin mayores conflictos.
Con el paso de los años, el panorama cambió de forma drástica. El crecimiento acelerado y desordenado del parque vehicular ha llevado a situaciones extremas, donde en hogares de apenas tres personas cada miembro posee su propio medio de transporte. Este fenómeno, lejos de estar acompañado de planificación urbana y control, ha desembocado en uno de los principales dolores de cabeza de la vida cotidiana: la falta de parqueos.
Hoy, estacionarse frente a una casa parece un derecho adquirido. Basta con “respetar” —en teoría— las entradas y marquesinas, aunque en la práctica ni siquiera eso se cumple. La desesperación por encontrar un espacio lleva a muchos conductores a ocupar accesos privados, provocando discusiones, enfrentamientos y un clima constante de tensión entre vecinos. La calle se ha convertido en territorio de nadie.
El problema se agrava aún más cuando las aceras, concebidas para los peatones, son usadas como parqueos improvisados “por seguridad”. El resultado es alarmante: transeúntes obligados a caminar por el medio de la vía, expuestos a ser atropellados por vehículos que, para colmo, suelen circular a exceso de velocidad. No es casualidad que cada día se reporten accidentes, muchos de ellos protagonizados por motociclistas, con consecuencias fatales en no pocos casos.
Las autoridades no pueden seguir mirando hacia otro lado. Este es un tema de orden, convivencia y, sobre todo, de seguridad ciudadana. Se necesita regulación efectiva, fiscalización real y conciencia colectiva. Comprar un vehículo debería implicar pensar primero dónde se va a estacionar, y el Estado debe garantizar que las aceras no sean ocupadas bajo ninguna circunstancia.
Finalmente, vale una invitación directa a las autoridades del Distrito Nacional: dense una vuelta por la avenida Tiradentes, en el tramo comprendido entre la calle Emilio A. Morel y Rafael Tomás Fernández Domínguez, en el ensanche La Fe, próximo al Estadio Quisqueya. Allí, el caos del parqueo no es una opinión; es una realidad diaria que exige soluciones urgentes.
