Por Bienvenido Ruiz
Dijo que la corrupción se detenía en la puerta de su despacho. Sabía que la práctica política se desenvuelve en un penoso ambiente putrefacto, antiético y sin moral en estos países; sin embargo, él pudo llevar su vida personal transcurrida en un ambiente de humildad y frugalidad, y supo transferir ese estilo de vida a sus actuaciones en la conducción del Estado Dominicano, cuando le tocó gobernar y, sin estridencias, cuando estuvo en la oposición.
Sin lujos ni ostentaciones, llevó a cabo una serie de obras con el ahorro nacional, enfocado en el servicio y la utilidad para las gentes de bajos recursos, a la vez que impulsaba la producción nacional en todos los órdenes: en el campo y la ciudad.
En el ámbito internacional mantuvo la dignidad de la República Dominicana siempre en alto, alcanzando la consideración, el afecto y el respeto de la mayoría de los gobernantes del momento, quienes también abrevaban en las páginas de sus conocimientos y dotes de estadista reconocido por ellos.
Pensó en las futuras generaciones, propiciando una defensa férrea y decidida de los asuntos medioambientales, provocando el reconocimiento en ese sentido, al punto que hoy se toma como paradigma, incluso por sus más enconados adversarios políticos.
La humildad, la ética y la buena administración de los recursos del presupuesto nacional marcaron sus gobiernos; hoy está posicionado en la visión de las gentes como uno de los mejores presidentes históricos de la nación.
Fue presidente de la República Dominicana en los periodos 1960-1962, 1966-1978 y 1986-1996.
Falleció el 14 de julio de 2002, cerrando, conjuntamente con quienes fueron sus principales opositores, el Dr. José Francisco Peña Gómez y el prof. Juan Bosch, una etapa donde se consolidó el proceso democrático y económico de la democracia dominicana.
Sus luces inclinan la balanza para ser bien recordado por sus compatriotas.
