Luis Manuel Ferreras
El país fue sorprendido este martes al mediodía con la paralización total del sistema eléctrico nacional, un hecho que dejó sin funcionamiento los principales servicios de transporte masivo, entre ellos el Metro de Santo Domingo y el Teleférico. El apagón no solo apagó las luces, sino que también expuso las fallas humanas y sociales que aún nos acompañan cuando enfrentamos situaciones de crisis.
Mientras miles de ciudadanos quedaban varados sin saber cómo llegar a sus destinos, se hizo evidente la ausencia de solidaridad y la irresponsabilidad de algunos choferes del transporte público que operan en rutas paralelas al metro. En lugar de ver la oportunidad de contribuir al orden y la movilidad, muchos decidieron suspender el servicio, agravando el caos y dejando sin opciones a quienes debían trasladarse a sus trabajos, centros de estudio o citas médicas.
En lo personal, fui testigo directo de este comportamiento en la ruta V Centenario – Km. 9 de la autopista Duarte, específicamente en el punto de salida ubicado frente a la estación Concepción Bona, en Santo Domingo Este. Allí, varios choferes se negaban a trabajar, alegando distintas excusas mientras decenas de pasajeros esperaban bajo el sol, desesperados y sin respuestas. Esa indiferencia ante la necesidad colectiva dice mucho de una parte del sistema de transporte que, aunque informal, sigue siendo vital para miles de ciudadanos.
El apagón general fue, sin duda, una prueba para el país. Pero más allá de lo técnico, reveló un problema de actitud y compromiso cívico. No es posible que en un momento de emergencia nacional algunos prefieran quedarse de brazos cruzados, dejando a la población a su suerte. Si los conductores que se benefician diariamente del transporte urbano no asumen su rol social, se pierde el sentido mismo del servicio que ofrecen.
Las autoridades de transporte deben actuar. Este tipo de comportamiento no puede quedar impune ni repetirse. Es necesario establecer protocolos claros que garanticen que, ante emergencias, los choferes continúen ofreciendo servicio o, en su defecto, que otros suplentes asuman la ruta. No se trata solo de mover pasajeros, sino de sostener el funcionamiento básico de una ciudad cuando más lo necesita.
El apagón nos dejó a oscuras por horas, pero también iluminó una verdad que a menudo ignoramos: la falta de conciencia social puede ser más paralizante que la falta de energía eléctrica. Mientras no entendamos que cada ciudadano tiene una cuota de responsabilidad en el bienestar común, seguiremos tropezando con los mismos apagones morales, incluso cuando las luces vuelvan a encenderse.
