Santo Domingo. En Guayuín, una comunidad donde el béisbol es más que un pasatiempo, nació y creció Agustín Brea, un muchacho que comenzó como jugador aficionado sin imaginar que su destino no estaría en conectar hits, sino en cantar strikes y outs en los escenarios más grandes del mundo.
En el programa HISTORIAS DE LOS GRANDES DEPORTISTAS, transmitido los viernes de 7:00 a 8:00 p.m. por N16, con el auspicio del INEFI y la producción de Tomás Acevedo y Luis Manuel Ferreras, Brea repasó una trayectoria marcada por disciplina, sacrificio y pasión por el arbitraje. Desde sus raíces en Puerto Plata, pasando por su servicio en el Ejército, recordó cómo un día fue llamado, junto a otros militares, para cubrir un torneo infantil ante la falta de árbitros. Ese momento cambió su vida.
Su desempeño y conocimiento del juego lo llevaron a ser invitado a practicar con el equipo del Ejército y, más tarde, a integrarse como árbitro oficial. De ahí vendría una escalada constante: cursos con figuras como Zac Ribacov, certificaciones internacionales y la creación de la Escuela de Árbitros del Círculo Deportivo Militar, que desde 1985 forma a los jueces que hoy trabajan en los principales torneos nacionales.
Pero su mayor hazaña fue fundar la Federación de Árbitros y Anotadores de Béisbol y Softbol de la República Dominicana, la única en el mundo que une ambas disciplinas bajo una misma estructura. Bajo su liderazgo, el país cuenta con 32 asociaciones provinciales y 49 filiales en grandes municipios, algo que muchas federaciones deportivas quisieran igualar.
Su nombre se volvió referencia en la Confederación Panamericana y en organismos internacionales que lo designaron jefe de árbitros e instructor en campeonatos de América, Asia y Europa. En su hoja de vida figuran seis Juegos Olímpicos, múltiples campeonatos mundiales y panamericanos, y experiencias tan singulares como dirigir un partido de la selección dominicana en un mundial, en Puerto Rico, desde el home plate.
Brea recuerda que muchas veces viajó sin apoyo económico del país, costeado por las federaciones internacionales que lo invitaban por su prestigio y conocimiento. Y aunque ha sido testigo de la gloria en estadios abarrotados en Brasil, China Taipéi o Curazao, confiesa que en República Dominicana aún falta un reconocimiento que anhela en vida: su ingreso al Pabellón de la Fama del Deporte Dominicano, donde los árbitros siguen siendo grandes ausentes.
Hoy, a sus años de experiencia, mira con optimismo el futuro. Sabe que ya hay árbitros dominicanos en Triple A y que muy pronto el país tendrá representación estable en las Grandes Ligas. Para él, la clave sigue siendo la misma que lo llevó del diamante polvoriento de Guayuín a la élite mundial: disciplina, amor por el juego y la certeza de que la imparcialidad es la mayor victoria de un árbitro.
