¿QUÉ NOS PASA COMO HUMANIDAD?

QUE EN BOLIVIA LA DEMOCRACIA NO NIEGUE LA DEMOCRACIA

Bienvenido Ruiz L.

Esta pregunta aparece una y otra vez cuando vemos sufrimiento, indiferencia y decisiones que parecen poner el poder por encima de las personas.

En un programa de televisión de nuestra RD, una joven venezolana decía que los venezolanos estaban “pagando algo”, reflejando un sentimiento que muchas personas tienen cuando viven una tragedia prolongada como la del régimen chavista: buscan una explicación moral o espiritual al sufrimiento. Es una forma de darle sentido al dolor, aunque, objetivamente, ningún pueblo merece vivir hambre, represión o el colapso de sus instituciones.

Otro joven venezolano le dijo al periodista Mundo Beto: “Dígale al mundo que no somos malas personas”, una frase muy poderosa. Muchas veces los pueblos terminan cargando con el peso de las acciones de sus gobernantes. Muchos venezolanos sienten que el mundo los juzga por el régimen que los gobierna, cuando la mayoría solo intenta sobrevivir y llevar una vida digna.

Las actuaciones de las autoridades en situaciones de emergencia, priorizando el control por encima de la vida humana, constituyen un anacronismo.

Cuando una tragedia ocurre, la población espera que el primer objetivo sea salvar vidas. Pero ocurre que las prioridades son otras; por tanto, surge la indignación y la sensación de que “el pueblo no importa”. Esto ha ocurrido en Venezuela.

Lo mismo pasó durante la pandemia de COVID-19. La crisis tomó por sorpresa al mundo entero. Hubo errores, improvisación, contradicciones y decisiones difíciles en casi todos los países. La ciudadanía, asustada y cansada, exigió respuestas, y muchos gobiernos terminaron pagando un costo político enorme. Incluso en democracias consolidadas hubo cambios de liderazgo y un profundo deterioro de la confianza en las instituciones.

En tiempos de calamidad, el Estado y las instituciones deben colocarse a la altura de las circunstancias para que la gente sienta que su vida vale y que ocupa el primer lugar en el orden de prioridades.

No basta con que aparezcan personas que ayuden: médicos que se sacrifican, rescatistas que llegan primero y ciudadanos que se solidarizan.

La frase de ese joven venezolano, “no somos malas personas”, quizás resume algo importante: los pueblos no deben ser reducidos a sus gobiernos, sus crisis o sus tragedias. Detrás de cada noticia hay millones de personas comunes que simplemente quieren vivir en paz, trabajar y tener un futuro mejor para sus familias.

Hay que seguir preguntando: “¿Qué nos pasa como humanidad?”, porque aún conservamos la capacidad de indignarnos cuando vemos que la dignidad humana es ignorada. Esa indignación, aunque dolorosa, también es una señal de que todavía esperamos algo mejor de nosotros mismos y de nuestras sociedades.

Jesucristo es un buen faro. ¡Amén!

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