Por: Ariel Romero
Reflexión ante las fuertes lluvias
Las fuertes lluvias no solo inundan calles; también desnudan realidades. Lo que parecía firme se vuelve frágil, y lo que se ignoraba queda expuesto sin permiso. En medio del agua que corre, emerge una pregunta incómoda: ¿estamos preparados como sociedad o simplemente acostumbrados a sobrevivir?
Desde la fe, la lluvia puede ser símbolo de provisión, de limpieza, de nuevos comienzos. Pero cuando se convierte en amenaza, nos recuerda que no basta con creer: hay que actuar. La fe sin obras es como una ciudad sin drenaje: tarde o temprano colapsa.
Desde la política, cada aguacero pone a prueba la planificación, la inversión y la responsabilidad. No es la lluvia el problema; es la falta de previsión. No es el cielo el que cae; es la tierra la que no se preparó. Cuando los barrios se inundan, también se evidencian años de descuido, decisiones postergadas y prioridades mal colocadas.
Entre la fe y la política debería existir un puente: la responsabilidad compartida. La fe debe impulsar conciencia y sensibilidad.
