Luis Manuel Ferreras
Recuerdo que en los primeros años de mi vida, cuando la televisión era el medio de comunicación más influyente y el merengue dominaba el gusto de todos los dominicanos, había una figura que parecía inalcanzable: Fernando Villalona. Verlo en El Show del Mediodía de Color Visión era una experiencia que me marcaba. Bastaba que Yaqui Núñez del Risco o Julie Carlo mencionaran su nombre para que el público estallara de emoción. Para mí, como para muchos, “El Mayimbe” no era solo un artista, era una sensación, un ídolo absoluto.
Con el paso del tiempo, mientras crecía, comencé a mirar más allá de esa figura dominante. Fue entonces cuando descubrí a un joven que formaba parte de la orquesta de Dioni Fernández. Decían que era de Los Mina, mi sector, y eso inmediatamente captó mi atención. Era Sergio Vargas. Su estilo sencillo, su humildad y la forma en que se imponía en el escenario, casi sin proponérselo, me hicieron seguirlo de cerca. Sentía que estaba viendo el nacimiento de algo grande.
Nunca olvido cuando vi un sticker en una casa de la calle La Altagracia que decía: “Ahora e’ Sergio Vargas y Los Hijos del Rey”. Aquello me impactó, pero fue tiempo después, leyendo el periódico Última Hora y su suplemento de farándula La Tarde Alegre, cuando terminé de entender la dimensión de lo que estaba ocurriendo. Su concierto en Altos de Chavón fue descrito como un ejemplo, una hazaña en uno de los escenarios más exigentes del país. Sin darme cuenta, esa narrativa comenzó a influir en mí y, como muchos, caí en la trampa de ver a Sergio como la contraparte de Villalona. Durante un tiempo, le di la espalda al que había sido el gran ídolo de mi generación, Fernandito.
Pero la vida tiene formas curiosas de enseñarte. Años después, cuando Fernando Villalona atravesó una situación de salud, vi algo que me marcó profundamente: Sergio Vargas llegó al hospital y dijo que no se iría mientras él estuviera en esa cama. Ese gesto me desarmó. Más adelante, al escuchar una entrevista que le realizó Silvio Mora, confirmé lo que ya sentía: Sergio nunca se prestó para rivalidades, siempre admiró a Villalona y soñó con estar a su lado. Hoy entiendo que ambos no son opuestos, sino complementos. Son dos pilares de nuestro merengue, unidos por el respeto y por una historia que, de alguna manera, también es la mía.
